A pocos kilómetros de Mantes-la-Jolie, el pueblo de Septeuil, en los Yvelines, alberga uno de los vestigios más fascinantes de la presencia romana en Île-de-France: un sanctuaire nymphée dedicado al agua. Descubierto casi por casualidad, este sitio arqueológico nos sumerge en la intimidad de los ritos galorromanos, donde la fuente era venerada hace siglos como una divinidad.
Imaginen un santuario majestuoso, erigido entre finales del siglo I y principios del siglo II d. C., donde los peregrinos buscaban la protección de los dioses del agua, y especialmente la de Mithra. El corazón del sitio es una ninfa, un estanque monumental que recogía la fuente sagrada.
En aquella época, la construcción impresionaba por su arquitectura: columnas macizas, esculturas de refinada factura y un gran depósito, antes de ser abandonada en el siglo IV. Hoy, los cimientos de piedra caliza, todavía visibles, delinean con precisión la organización de estesantuario de la fuente.
Como suele ocurrir con el patrimonio antiguo, fue la casualidad (y las obras de desvío de una carretera) las que permitieron sacar a la luz el sitio en los años 80, en el emplazamiento de un antiguo brazo de la Vaucouleurs. Las excavaciones revelaron no solo las estructuras de mampostería, sino también fragmentos de esculturas y relieves. Entonces se comprende que Septeuil no era simplemente un punto de agua, sino un verdadero lugar de paso y de devoción regional.
El sitio atestigua cómo los galorromanos supieron integrar sus creencias religiosas a la geografía local. Pasear entre las ruinas es imaginar el murmullo del agua y las togas blancas circulando entre las columnatas.
Para preservar el santuario, el Consejo General de Yvelines afirma haber construido una restauración del santuario así como una réplica de la ninfa (el original está en el musée d’Archéologie nationale en Saint-Germain-en-Laye), a apenas unos metros del lugar real.
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