Es fácil pasar por alto, ya que se confunde con el pavimento. De hecho, miles de transeúntes lo cruzan sin darse cuenta. Y, sin embargo, en el corazón del barrio de Les Halles, una discreta placa, incrustada en la calzada, marca uno de los lugares más cargados de memoria de la capital: el delasesinato del rey Enrique IV. Allí, frente al número 11 de la rue de la Ferronnerie, un pequeño adorno de metal sellado en la piedra narra silenciosamente un momento decisivo para Francia.
El 14 de mayo de 1610, Enrique IV se dirigía a visitar a su ministro Sully, que estaba enfermo. Salió del palacio del Louvre en carruaje y tomó esta estrecha callejuela. Una carreta obstaculizaba el paso, ralentizando la comitiva. Fue entonces cuando apareció François Ravaillac, un fanático religioso convencido de actuar por una causa divina. Se subió al carruaje real y apuñaló dos veces al rey. Un ataque que le resultó fatal.
La escena tuvo lugar a plena luz del día, en uno de los barrios más concurridos de la ciudad. Y la emoción estuvo a la altura del hombre caído. Porque Enrique IV no era un rey como los demás. Todavía hoy sigue siendo uno de los monarcas más populares dela historia de Francia. Antiguo protestante convertido al catolicismo para unir un reino desgarrado por las guerras de religión, artífice de la paz con el edicto de Nantes, rey de los compromisos y las grandes obras, se había ganado el cariño de su pueblo. Cuenta la leyenda que deseaba «que un labrador pudiera poner una gallina en la olla todos los domingos», un símbolo claro de su deseo de justicia social.
Su muerte provocó una onda expansiva en todo el reino. En París, algunos fueron arrestados por expresar su alegría, o incluso por simplemente aprobar al asesino. La emoción popular fue inmensa, mezclada con angustia. La idea de que un rey, por muy querido que fuera, pudiera caer en una calle cualquiera, en medio de sus súbditos, trastornó la imagen del poder monárquico. El recuerdo de este drama no se ha borrado, aunque hoy en día muchos pasan sin saberlo por el lugar mismo del atentado.
Este adoquín, adornado con dos escudos —los de la realeza de Francia y Navarra—, está ahí para recordar que aquí, en pleno París, cayó un rey. No es una estatua ni un gran monumento. Solo un detalle en el suelo, a la altura de los pasos, como para anclarse mejor en la memoria colectiva.
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