A pocos pasos de Saint-Michel y del Quartier Latin, Bolan se distingue de los habituales restaurantes tailandeses de París. Aquí, nada de folklore ni de carta interminable: el establecimiento propone una lectura contemporánea de una cocina profundamente arraigada en sus orígenes.
Ya sea por la decoración minimalista o por el dressage soigné de los platos, Bolan se enmarca en una approche gastronomique, pero sin traicionar nunca el alma de la cuisine thaïe. Por cierto, conviene señalar que allí se come con tenedor y no con una pareja de palillos.
Originalmente, el proyecto nace de un empresario formado en Ferrandi y, luego, junto a Thibault Sombardier en Sellae, con un recorrido francés pero nutrido por una sincera pasión por la Tailandia. En la cocina, la experiencia se prolonga con un chef que ha hecho sus armas en la brigada de un dos estrellas, el restaurante Baan Tepa en Bangkok.
La carta de Bolan, intencionadamente breve, va al grano: 3 entrantes, 5 platos, 2 postres, basta. Una elección asumida que permite trabajar cada plato al minuto, con productos frescos y especias traídas directamente de Tailandia. Galanga, combava, hierbas aromáticas... Los platos respiran aromas de otros lugares.
Además, Bolan se adapta a todos los paladares, con platos que juegan con el piquant y otros que privilegian la suavidad, para que cada quien encuentre su felicidad. Por nuestra parte, nos quedamos cortos, con recetas más aromáticas que picantes. Empezando por khao nem tod (14€) como entrada, una especie de trío de arancini de arroz rojo crujiente con cerdo fermentado, con virutas de queso madurado y una espuma ácida, sorprendentemente nostálgicos en los sabores.
A continuación, se presenta el plat totémique de la cuisine thaïe, el pad thaï real (20€), elaborado con fideos finos de tamarín, gambas de mar peladas, pequeños cubos de tofu en tempura y cacahuetes picados. Una relectura fiel, pero claramente de gama alta.
Pero nuestro verdadero coup de cœur, sin duda es el postre, también emblemático de Tailandia: el khao niao mamuang (10€). Este clásico tailandés (el famoso mango sticky rice) adquiere aquí una dimensión aérea, casi esponjosa, con virutas de coco infladas y un equilibrio dulce-salado de una gran finura.
En cuanto a las bebidas, la oferta mantiene la misma lógica con cócteles y mocktails inspirados en Tailandia, pero también una selección de vinos naturales. Una nueva propuesta que demuestra que una cocina tradicional puede evolucionar con gracia sin renegar de sus orígenes.
Esta prueba se realizó como parte de una invitación profesional. Si su experiencia es diferente a la nuestra, por favor, infórmenos.



























